Conversación nocturna

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El último funcionario era el encargado de cerrar con llave. A las 22h la puerta de la biblioteca quedaba cerrada, y la estancia en penumbra. No se oía ningún ruido humano, tan solo en ocasiones crujía la madera de los muebles. Hasta la medianoche todo permanecía en calma. Al llegar las 24h, todos los días, se repetía una escena. El primero solía ser Cortázar, que se empeñaba en explicarles a los demás una historia circular en la que mezclaba la ficción con una posible realidad. Dante replicaba en verso un descenso a los infiernos, aunque de final luminoso. Espronceda cantaba que su patria era el mar.

Después de un rato de conversación, Kafka terminaba convirtiéndose en Gregor Samsa y en insecto gigante. Jack Kerouac era el encargado de marcar el ritmo y poner la música. James Joyce hablaba sin demasiado orden, se quedaba sin aire. Su eterno Dublín se mezclaba con el ´Londres y la familia de Virginia Woolf.
Esto sucedía todas las noches. Cuando el primer funcionario hacía girar la llave de la puerta por la mañana, los libros callaban y dejaban paso al bullicio.

Marta Gómez

La chica del bosque

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La muchacha apareció muerta en la madrugada del lunes. Tenía una espesa y rizada cabellera negra. Se barajaron todo tipo de hipótesis: hombres lobo, brujería de meigas. Pero, la mordedura de dos incisivos en la parte derecha de su cuello no dejaba lugar a dudas.
Don Rogelio, el cura de la aldea, le dio la extremaunción aunque él, mejor que nadie, sabía que aquella criatura jamás ascendería al reino de los cielos.
A medianoche, cuando las campanas de la iglesia lo anunciaron, Don Rogelio se quitó el alzacuellos, las manos ardiendo y temblando. La muchacha del cabello rizado caminaba hacia la casa del cura, sigilosamente. Vestida de blanco, temerosa y, a la vez, excitada por reunirse con su creador.

Marta Gómez